2011/10/11

Un viaje literal, sin metáforas

Ni bien confirmé un viaje a México se lo comuniqué a Domme Jaguar para que organice un encuentro. Al poco tiempo me propone que viajemos un fin de semana a Acapulco. Yo imaginaba algún tipo de encuentro en el propio DF pero, evidentemente, Ella siempre nos sorprende. Le envié sin pensarlo dos veces mi aceptación. Los días siguientes fueron de ansiedad y de preparativos.
Es muy difícil trasmitir todo lo que significó estar bajo el dominio de Domme Jaguar. Aquí me limitaré a señalar algunos hechos y a tratar de expresar la compleja riqueza de las emociones que viví -y que aún vivo, porque las reverberaciones aún perduran- durante el tiempo que Mistress Jaguar me permitió estar a su lado. ¡Qué alegría al llegar a su estudio luego de tantas horas de viaje y de expectativa y ser recibida por Mistress Jaguar! Ahí estaba ella, ante mí, vestida perfecta, con su remera de leopardo y su pelo atado...
Al instante, antes de que yo pudiera reaccionar, me hizo probar toda la ropa que ella había buscado. Apurados por el tiempo me ponía y sacaba polleras, unos zapatos plateados, botas, vestidos y trajes de baño. Yo le mostré mis bragas y mis corpiños. También me permitió que le proponga algunos elementos para los castigos entre los cuales ella a su vez escogería algunos. Eso, claro, más allá de los instrumentos que ya había seleccionado para el viaje.
El momento más intenso de la salida fue, es obvio decirlo, cuando me hizo arrodillar delante de ella y me colocó el collar en el cuello: el hecho de estar arrodillada, de bajar la cabeza, de sentir su mano sobre el pelo y luego sobre el cuello, percibir cómo el collar se va ajustando y ya, sin poder y sin querer escapar, el collar está colocado: el signo público y visible del dominio de Mistress Jaguar. Salir a la calle con ese collar, llegar al aeropuerto, caminar entre la gente, hacer las filas, ir y venir en los negocios de comidas, subir al avión y caminar por el pasillo, sentir sobre nosotros, Mistress Jaguar y una de sus esclavas, todas las miradas … ¿qué más se puede pedir? Y sin embargo se trataba sólo del comienzo.
Debo decir que en cada ocasión me entrego a Domme Jaguar (a su inteligencia, a su poder, a su imaginación) sin vacilaciones, sin hacer preguntas innecesarias. Por eso dejé todo en sus manos sin saber y sin querer saber, hasta el momento mismo de llegar, a dónde en concreto nos dirigíamos y qué tenía planeado hacer en una ciudad que yo desconocía...
Ya instalados, con una peluca negra y una remera ajustada Mistress Jaguar me llevó a un restauran familiar; más tarde, yo con pollera cortita y botas negras, ella atractiva como siempre, fuimos a una disco, con show de mexicanos musculosos y desnudos, con sus vergas duras, al aire, paseadas entre las caras y a veces las lenguas de los parroquianos, y allí bailamos las dos; seguimos más tarde a ver un show de chicas en el caño, un tablemexicano con camareros en patines y mujeres que llevan su desnudo hasta el final. Afuera la lluvia, la humedad, el clima tropical de Acapulco.
Dormimos, comimos, caminamos, yo siempre medio paso atrás, para dejar en claro mi lugar ante ella: subordinado, sometido a su educación y deseo. Domme Jaguar, con su evanescente bikini plateada, me hizo pasear por la playa con collar y el femenino traje de baño que había traído para mí; nadamos más tarde en la pileta del hotel, yo desnudo y bajo sus órdenes. Un día feliz de obediencia y sensualidad. En ese momento no podía saber, o no lograba saber, o no quería saber, o todo a la vez, que lo anterior había sido una preparación, una lento e imperceptible introducirse hacia otra cosa, muy diferente.
Mistress Jaguar cambió un collar por otro, esta vez anaranjado. Un hecho fortuito motivó el cambio; sin embargo, en ese traspaso algo sucedió y el segundo de libertad entre un collar y otro me hizo percibir el grado de profunda sumisión en el que estaba. Paso a paso Domme Jaguar me llevó a otro lugar, a otro estado del cuerpo, de las emociones y de los sentimientos, como si cada elemento del mundo tuviese una copia, pero más intensa, más real que la realidad. Primero, ya puesta mi peluca negra, me maquilló con mucho cuidado, desde las pestañas postizas al labial; después recorrió mis contracturas; más tarde me colocó con lentitud un aparato y me ordenó hacer ejercicios con él una y otra vez, bien adentro de mí, entrenándome para la entrega.
Lo que sigue desafía mis capacidades para narrar: en diferentes posiciones le dio a mi cuerpo con la palma de su mano, con cuerdas, con su puño. Una y otra vez. Golpes y caricias. Una y otra vez. Más fuertes, más débiles, más suaves y más violentos. Latigazos en la superficie de la piel pero también el impacto del puño que se siente agudo en el interior de los músculos. El dolor, el múltiple sentido del dolor, porque el dolor nunca se siente de una única manera, daba paso al placer y viceversa. Con las manos apoyadas en el piso o en la pared. Con la espalda arqueada o parada. Ya me resultaba difícil saber no qué me hacía en particular sino qué hacía conmigo.
Una y otra vez, por horas, ya en rigor sin noción alguna del tiempo, hasta que sin saber cómo, Domme Jaguar me llevó a otra dimensión de las sensaciones, a otro placer y a otro dolor, a un estado de intensidad sin comparación con los dolores y los placeres precedentes. Fuera del tiempo y del espacio. Salimos de Acapulco sin movernos de la habitación para llegar a una zona más allá de los dolores y del placer. Cruzamos un límite con medios simples, sencillos: cientos de diferentes golpes en el cuerpo y las palabras precisas de Domme Jaguar.
Los efectos son innumerables y perduran hasta hoy, mientras escribo esto. Conmoción, ensueño, ardor, disolución del contorno del cuerpo y de las cosas inmediatas, imposibilidad de pararme o siquiera hacer algo. Decir que luego nos recuperamos; que volvimos lentamente, muy lentamente, al mundo cotidiano; que palpé las cosas, un sillón, una sábana, para verificar que eran reales, que yo mismo era real; que Mistress Jaguar estaba ahí, presente, para que yo pueda perderme y a la vez no perderme, encontrarme en esa pérdida; que después dormimos, comimos o viajamos sólo es mencionar hechos que ocurren en el interior de un movimiento que nos arrastra sin ninguna resistencia posible.
De vuelta en su estudio Mistress Jaguar me convirtió, sin solución de continuidad, en su servicio doméstico, encargado de ordenar las cosas del viaje, de lavar y colgar la ropa, de poner todo en su sitio. Mi incompetencia la llevó a tener que amarrarme las manos para dificultar mis movimientos y a castigarme luego con varazos para no olvidar reglas elementales de comportamiento. Me puso una ropa rígida interior para que enderece mi cuerpo, una camiseta de niña, la peluca, mis pantalones y mis tenis y salimos para dar una última vuelta por el centro del DF.
Fuimos a un lugar emocionante, arrabalero, para mí profundamente mexicano, con un show de travestis hermosas y un público a nuestro alrededor, de hombres y mujeres reales, imperfectos, mal y bien vestidos, que cantaba una música alegre y melancólica, como casi toda la música que hacemos en nuestros países latinoamericanos. Caminamos más tarde por las calles desoladas del centro, cuando ya sólo quedan los rezagados, los pocos que deambulan oscuramente por ahí como en su propia casa. Saludar a Domme Jaguar, arrodillarme esta vez para que me saque el collar y sentir el vacío en el cuello, volver solo por la noche del DF, son los signos que muestran la aparente conclusión de una experiencia. Aparente porque, como ya dije, los efectos siguen en mí, a pesar del tiempo que transcurre.
A los pocos días nos encontramos en la parte comercial del centro de la ciudad para conseguir una nueva peluca, unos aros y a conversar un rato sobre lo que vivimos y sobre lo que espero que ocurra la próxima vez que Domme Jaguar me acepte como una de sus esclavas, que cada vez quiere ser aún más sumisa y aún más obediente.